Kobalt

1. Cobalto, del alemán Kobalt. Símbolo Co, número 27 de la tabla periódica.
 

2. Variante de kobold, espíritu o demonio de naturaleza ambivalente, casi siempre maligna, que hechizaba los minerales y los volvía mortíferos.

 

Celso Yoansson se sentó a esperar su turno en un sillón confortable, sin embargo su impaciencia lo mantenía incómodo. Esa tarde debía rendir cuentas sobre su investigación acerca de los rayos Épsilon, era una entrevista de rutina con el comité académico, pero estaba en juego algo más que la renovación de su beca. Se reacomodó en el sillón un par de veces, cruzó la pierna derecha, luego cambió a la izquierda. “¿Por qué no me dediqué a las leyes, como mi padre?”, pensó nervioso. Se aflojó un poco la corbata y para tratar de distraerse observó el patrón geométrico del piso del lobby que precedía a la sala del comité. Más allá, una secretaria joven revisaba su computadora en la mesa de la recepción; al otro lado de la ventana, el edificio adyacente recibía la intensa luz de la tarde. Era un día caluroso de verano, pero dentro de la rectoría de la Universidad Stackton el periodo estival se sobrellevaba gracias al aire acondicionado. 

     El doctor Yoansson se puso de pie y caminó hacia el ventanal para observar los jardines, el césped estaba cortado impecablemente al ras. Su reflejo en el vidrio le entregó la imagen de un hombre de poco más de cuarenta años de edad, con el porte de quien ha llevado una vida tranquila y moderada. Llevaba el pelo corto y prolijamente acomodado; tenía tanto tiempo con los mismos anteojos que incluso se habían puesto de moda otra vez y le daban cierto aire sofisticado; la camisa blanca bien planchada, la corbata azul marino, el chaleco del mismo color y los zapatos de diseño conservador, siempre bien lustrados, le mostraban a alguien discreto, cuidadoso de su apariencia, mas nunca vanidoso ni frívolo. Ese era él, Celso Yoansson, doctor en Astrofísica. 

   Por la imagen en el reflejo notó que la secretaria lo observaba con curiosidad. A Celso le costaba admitirlo, pero era un tipo bien parecido, sobre todo en comparación con sus colegas. Sin embargo, su timidez evitaba que sus talentos se desplegaran en sociedad. No era arisco, pero le tenía sin cuidado ganarse la simpatía de la gente; la suya era la típica aversión al contacto humano propia de los locos y los genios. Lejos de lamentarlo, sabía que su aislamiento y las inquietudes que lo acosaban desde la infancia lo habían convertido en un individuo proclive a la reflexión. Había transitado por varios caminos intelectuales y, debido a ello, sus patrones de pensamiento estaban dotados de una flexibilidad peculiar. No era un prodigio de nacimiento, pero tenía el entusiasmo y las capacidades para llegar a serlo. Desde la adolescencia se había esmerado por comprender la estructura y el funcionamiento de las cosas que lo rodeaban, no se cohibía al hacer preguntas cuando no entendía algo, ordenaba todo tipo de planteamientos en sistemas, encontrando la unidad entre la diversidad de las ideas. Le fascinaba construir, probar y refinar constantemente diversos esqueletos de pensamiento que le permitieran desafiar lo conocido. Aunque tenía otras aficiones, como el arte del Renacimiento, el ajedrez y la filosofía, optó desde la adolescencia por seguir una carrera científica. 

   Celso dio media vuelta y sus ojos se encontraron con los de la secretaria, que lo esquivó y fingió estar ocupada en otra cosa. Volvió a sentarse en el sillón y sacó de su portafolio la tablet para repasar los últimos detalles de su presentación. No le preocupaba la calidad de su exposición ni las preguntas que podrían hacerle sus colegas; ante los miembros del comité él era un científico destacado, incluso había sido una joven promesa con un hallazgo a los 25 años. Si bien nunca se había consolidado del todo, su temprano avance le otorgaba cierto crédito entre sus colegas, quienes consideraban probable que en algún momento volviera a pisar el camino del éxito. Tampoco le preocupaba su vulnerabilidad como investigador. Había trabajado arduamente durante doce meses, sin compañeros de equipo ni ayudantes, y aunque su investigación de postdoctorado aún estaba llena de conjeturas, era suficientemente interesante. La comisión académica solo necesitaba ver los resultados del último año para renovarle la beca. Eso era lo que realmente lo ponía nervioso, perder la subvención con la que costeaba su existencia, sobre todo ahora que había hecho un descubrimiento extraordinario. 

   Su gran hallazgo había ocurrido dos semanas antes de la presentación ante el comité. Aunque se vio tentado a hablar de ello en la evaluación, decidió no hacerlo, en principio, porque había roto un buen número de protocolos, pautas y rutinas que delimitaban el quehacer científico y que hacían posible la réplica de los procedimientos para validar las hipótesis. Ya había terminado de preparar su presentación para el comité, así que optó por regalarse un proyecto creativo, un lujo que podía permitirse al no trabajar con un equipo que se entrometiera en cada detalle. 

   Como no tenía que justificar con tediosa minuciosidad sus acciones, invirtió su tiempo en la construcción de una máquina basada en un espectrómetro lineal y unos cristales de cobalto esmerilado, configurando la recepción de señales para poder captar ondas por debajo de los 455 decibeles bose. El dispositivo era un despropósito en sí mismo, un juego de niños del que no esperaba mucho, como quien cocina un platillo tan novedoso como absurdo que irremediablemente sabrá mal. Lo hizo sin un objetivo claro en mente, como un pasatiempo durante las horas muertas de su investigación principal. Su perplejidad fue mayúscula cuando se percató de que el dispositivo comenzó a mostrarle cuantiosas masas de señales similares, todas diferentes unas de otras, cual si fueran cristales de copos de nieve, todos iguales y, sin embargo, cada uno distinto y único. Cientos, miles, millones, miles de millones.

   Durante varios días intentó descifrar el significado de los datos que tenía en la pantalla de la laptop. De trabajar con telescopios refractores habría podido imputar el fenómeno a manchas en la lente o imperfecciones de la luz, pero con la base de un espectrómetro electrónico eso era imposible. Celso dedujo que había descubierto una nueva galaxia, una galaxia enana. La situación era tan inverosímil que no lograba convencerse de que aquello estaba ocurriendo. Había pasado varios días sin dormir cuando al fin lo venció el sueño sobre la mesa de su laboratorio. 

Cuando Celso despertó, la galaxia enana seguía en su pantalla. La observó con detenimiento: se encontraba a un lado de la Vía Láctea, tenía más de 8 mil millones de estrellas. Tal vez era una galaxia satélite. ¿Cómo era posible que nadie se hubiera percatado antes de su existencia? No podía comprenderlo. 

   Durante días indagó en los archivos de los últimos cien años para averiguar si algún grupo de científicos, en cualquier parte del mundo, había esbozado una hipótesis al respecto. Diarios, revistas, tesis, sitios de divulgación para aficionados, publicaciones científicas e incluso no científicas… No encontró nada. Definitivamente, él era el primero en identificar aquel cúmulo de estrellas. Por unos instantes tuvo la fantasía más entrañable de un astrofísico: “La galaxia Yoansson”, diría el titular en la portada de la revista Science. Enseguida se sintió avergonzado de su ensoñación, pero no desestimó la ilusión que sentía. Eso sí, la idea de mencionar el hallazgo de la galaxia en su presentación al comité estaba descartada; de hacerlo, no podría responder como el científico que era, pues no solo había actuado siguiendo una invisible, impronunciable y desconocida influencia, una corazonada intraducible y sin fundamentos, sino que se había apartado del proyecto principal que financiaba la universidad. 

 

* * *

…Al volver a casa se sentaron en el pequeño balcón del living a disfrutar de la noche de verano. Amanda pidió permiso para jugar en la tablet, sin embargo, al poco rato se cansó y prendió la televisión, pero pronto la venció el sueño. La televisión se quedó encendida. A las nueve de la noche inició un documental patrocinado por las Naciones Unidas, repetido innumerables veces con fines pedagógicos a lo largo de varios lustros por todos los canales del mundo. 

   Amanda dormía en el sofá mientras Celso y Stella conversaban relajadamente. De fondo, la voz de la pantalla recordaba que hace casi 100 años, el doctor de nacionalidad suiza Karl Foster había hecho un descubrimiento que revolucionaría la medicina. “Al estimular una zona específica del cerebro con una presión fija y constante, se potenciaba la capacidad regulatoria del sistema inmune, elevando su eficacia en un 400%”. El doctor Foster creía que, para mejorar la calidad de vida de toda la humanidad, era más sencillo fortalecer el organismo que erradicar las enfermedades. Su descubrimiento era eficaz contra las patologías de origen bacteriano y viral, así como las de reproducción celular —el cáncer, por ejemplo—. Las enfermedades de origen social o producto del estilo de vida, como la obesidad, el estrés o los traumas psicológicos no podían ser resueltas por la mejora del sistema inmune.

   Stella miró en dirección al living y reconoció las imágenes en el televisor.

   —Me parece muy artificial un mundo sin enfermedades —señaló la vecina después de un silencio reflexivo—. Incluso me da miedo.

   —Es normal —respondió Celso—. Aunque la ciencia ha cambiado la historia muchas veces, sigue produciéndonos cierto temor. Y el descubrimiento de Foster fue un avance tan importante como el motor a combustión interna.

   El documental siguió explicando el camino recorrido. Medio siglo después de que se conocieran los aportes de Foster, el investigador argentino Igor Pastrana realizó experimentos con miles de humanos voluntarios durante cinco años y determinó, a mediados de la década de 1970, que no había efectos secundarios al estimular el cerebro para potenciar el sistema inmune. Ese fue el banderazo de salida para que los organismos internacionales convocaran a un equipo de expertos en tejidos biotecnológicos de vanguardia. 

    Los científicos crearon un dispositivo de nanotecnología llamado biobot, un robot hecho de células humanas programadas genéticamente para estimular permanentemente una zona del cerebro identificada como punto clave para desarrollar un sistema inmune cuasi perfecto. La pantalla mostraba la primera plana de un periódico de la década de 1990, cuando se acordó implementar el Plan Internacional de Salud Preventiva. La fotografía mostraba a los científicos y a las autoridades internacionales de las Naciones Unidas y de la OMS, la Organización Mundial de la Salud, abrazados y sonrientes. 

   —Esa imagen me da escalofríos —reparó Stella. 

   —El tren también causó desconfianza cuando fue mostrado por vez primera —apuntó Celso.

   El programa internacional de inmunidad tardaría muchos años en ver la luz. El empujón definitivo para ponerlo en marcha fue una pandemia de Yaravirus, a inicios del siglo XXI. En los tres años que duró el pico de contagio, dejó un saldo cercano a los 200 millones de muertos. Durante la última oleada, el virus mutó tantas veces y se hizo tan letal que solo uno de cada veinte contagiados logró sobrevivir, independientemente de su edad o su estado de salud. Detrás del Yaravirus aparecieron nuevas cepas de sarampión, cólera, ébola y VIH. Los sistemas de salud de todo el orbe estaban rebasados, por lo que los gobiernos lanzaron ante la ONU una iniciativa para inocular a toda la población humana con el biobot en desarrollo. 

   La propuesta desató todo tipo de debates a favor y en contra. Los grupos religiosos radicales se opusieron con uñas y dientes, pues “no se podía pervertir el diseño que Dios había dado a los seres humanos”. Por su parte, organizaciones ambientalistas esgrimieron en contra de la iniciativa argumentos científicos, sociales y económicos, muchos de los cuales eran válidos e incuestionables. La mayoría apuntaba a un solo riesgo, el mayor de todos, el más visible: la sobrepoblación y la consecuente presión ecológica para un planeta de por sí maltratado. Sin embargo, la desesperación colectiva pudo más. Después de que las autoridades de cada región hicieran un compromiso para implementar un programa de control demográfico a corto plazo, la población del mundo aceptó el biobot. 

   El documental avanzó hasta mostrar que apenas quince años atrás se había conseguido suministrar esta solución a toda la humanidad a través de un medio tan simple como el agua. A partir de entonces, para garantizar que los recién nacidos fueran inoculados con el biobot, cada año la OMS, en coordinación con los gobiernos de todo el mundo, vertía millones de biobots en nacimientos de ríos, manantiales, lagos y depósitos locales de agua potable, e incluso las empresas que vendían agua embotellada estaban obligadas a añadirlo antes de sellar las botellas en las plantas empacadoras. 

   El biobot, al ser un organismo artificial compuesto de células, tenía la capacidad de vivir en cualquier cuerpo de agua dulce. Tras ser ingerido, podía implantarse por sí solo en el cerebro del ser humano, pues había sido genéticamente programado para arraigarse en la región encefálica exacta en la que debía ejercer la presión constante para estimular el sistema inmunológico. Además, el diseño genético del biobot impedía que este se implantara en el cerebro de otros animales.  Por donde se viera, era un logro revolucionario de la ciencia contemporánea. “Desde entonces —señaló el conductor de televisión mirando a la cámara—, los hospitales han sido reducidos en número y la medicina ambulatoria ha dejado de existir. En las pocas clínicas que quedan, solamente se realizan cirugías y tratamientos de alta complejidad, usualmente derivados de accidentes o del desgaste natural del cuerpo”.

   —Esto es como jugar a ser Dios —Stella se sirvió un poco más de vino—, no me gusta nada. 

   —Yo no me atrevo a condenarlo —respondió Celso—, acuérdate cómo era el mundo antes del biobot, realmente éramos más frágiles. Ahora la mortalidad ha disminuido en lugares en donde las condiciones de vida eran muy precarias. Por decirlo de alguna manera, la salud se ha democratizado. Aunque, por otro lado, el crecimiento poblacional efectivamente se disparó y ahora los gobiernos no saben cómo frenarlo. 

   El documental terminaba demostrando que al coordinar a todas las naciones en esta cruzada de salud global, 8 mil millones de habitantes, es decir, cada ser humano sobre la tierra, se habían visto beneficiados. Inmediatamente después del documental entró un spot publicitario de un suplemento alimenticio con propiedades antidepresivas y funciones para bajar de peso. “No porque ya no nos enfermemos vamos a dejar de hacer ejercicio. Complementa tu entrenamiento con BeautyThin, la barra de proteínas que te subirá el ánimo y te dará toda la energía que necesitas, sin hacerte engordar”, decía una voz en off mientras un hombre fornido salía del gimnasio con una barra energética en la mano, acompañado de una mujer hermosa y esbelta. 

   Celso no prestó atención al anuncio, se quedó pensando en el número con el que cerraba el documental: 8 mil millones… La cifra tenía algo especial…

 

 

 

* * * 

 

 

…Celso se miró en el espejo del baño de la universidad y casi no se reconoció. Necesitaba un corte de pelo urgentemente, la barba crecida le daba comezón, llevaba la camisa arrugada y ni hablar de sus zapatos: tenían la punta rayada y los cordones sucios. Con razón sus alumnos y colegas de la facultad lo miraban raro. Había pasado cinco semanas encerrado en su laboratorio y solo volvía a casa para dormir, ducharse y cambiarse de ropa. Sin embargo, ahora que se topaba consigo mismo en el espejo, no lo lamentaba. 

   En ese mes había comprendido la trascendencia de su hallazgo. Había creado, no sabía si por casualidad o por genialidad, una obra divina; la mayor arma de la historia, la más limpia, la más delicada, la más humana. Un artefacto capaz de penetrar en la memoria de las personas sin que mediaran juicios, mecanismos de coerción u obstáculos del lenguaje. Pensó en Teseo, que dotado del hilo de Ariadna había sido el único capaz de penetrar en el laberinto del Minotauro y volver con vida. Pero Celso no tenía un hilo ni una Ariadna, lo que sí tenía y que hacía a su dispositivo tan único como misterioso eran los cristales que había traído de Australia. “Kobalt”, recordó la palabra que había pronunciado el aborigen. 

 Impulsado por una emoción eléctrica, Celso corrió a su laboratorio, tomó un marcador, escribió sobre una cinta adhesiva la palabra Kobalt y la pegó sobre uno de los costados del dispositivo. Ahora su creación había dejado de ser un simple artefacto, ahora tenía un nombre apegado a su esencia. La contempló con sorpresa y también con cierta veneración, igual que el Doctor Frankenstein ante la visión de su creatura, fruto de la curiosidad científica. ¿Pero qué había ocurrido con aquel monstruo? Decepcionado de la crueldad de los seres humanos, había decidido volcar su poder de destrucción contra la humanidad y, sobre todo, contra su creador.

 

 

* * *

 

 

…En cuanto llegó a la universidad encendió a Kobalt, conectó la laptop e ingresó los criterios de búsqueda. Diez minutos después obtuvo como resultado 456.872.221 violadores. La cifra cambiaba cada segundo, subía y bajaba según la incidencia y la muerte de alguno de ellos. Celso pensó que la vista lo engañaba, se talló los ojos y releyó los dígitos. Nunca se hubiera imaginado que fueran tantos… “¡Casi el 5% de la población mundial!”, Celso exclamó para sí cubriéndose el rostro con ambas manos, avergonzado de su propia especie.

   Aún debía esperar cerca de diez minutos a que la información se cargara debidamente, así que se quitó los zapatos y se sentó en la esquina más confortable del laboratorio para meditar unos minutos. Tenía años de no practicar, pero el mantra estaba intacto en su memoria. Tal como su madre le había enseñado de niño, cerró los ojos, visualizó su intención frente a él y respiró con serenidad. Curiosamente, los pensamientos que vinieron a su mente tenían que ver con Amanda cuando era más pequeña, luego aparecieron imágenes suyas de la mano de su padre, los ojos de su madre mirándolo con ternura, él mismo subiendo a la cima de la montaña de Stackton. No hubo rastro de las dudas morales o científicas que lo habían acechado durante semanas. Celso estaba seguro de que cumpliría cabalmente su misión. Se sentía conectado no solo con el planeta, sino con el cosmos, tal como lo había querido desde aquel día, a los cinco años, cuando vio por primera vez una estrella por el telescopio. 

   La laptop le avisó con un sonido que el proceso de búsqueda estaba listo. Celso se puso de pie, estiró los pliegues de su traje y se acercó a Kobalt. Lo miró con respeto y confianza. Fue a su escritorio y se sentó ante la laptop. Respiró en paz, pensó en Amanda, apretó el botón... 

    Y se hizo el infierno en la Tierra.

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